miércoles 10 de febrero de 2010

Estado interior y actitud ante la vida

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"El progreso espiritual interior no depende tanto de las condiciones exteriores como de la forma de reaccionar desde dentro ante éstas. Tal ha sido siempre el veredicto último de la experiencia espiritual. Esa es la razón por la cual nosotros insistimos en la necesidad de adoptar la actitud correcta y de perseverar en ésta, en obtener un estado interior que no dependa de las circunstancias exteriores, un estado de ecuanimidad y de calma, si al principio no es posible de felicidad interior, en retirarse cada vez más hacia adentro para mirar desde dentro hacia fuera, en vez de vivir en la mente de la superficie que está siempre a merced de los embates y de los choques de la vida. Tan sólo en este estado es posible ser más fuerte que la vida y que sus fuerzas perturbadoras y confiar en la victoria".


Sri Aurobindo


"Hay un estado en el que uno se apercibe y que el efecto de las cosas, de las circunstancias, de todas las acciones y de los movimientos de la vida sobre la consciencia, depende casi exclusivamente de tu actitud. Hay un momento en el que te das cuenta de que las cosas en sí mismas, no son en realidad ni buenas ni malas, no lo son más que con respecto a nosotros, su efecto sobre nosotros depende de la actitud que tengamos con respecto a ellas. La misma cosa, si la tomamos como un don de Dios, nos ayudará a ser más fuertes y a estar en armonía, en cambio si la tomamos como una desgracia, eso nos rebaja, nos vuelve pesados y nos roba la armonía. Cuando tomas consciencia de esto, tienes esta experiencia, te conviertes en el dueño de ti mismo y de las circunstancias de tu vida".


Mirra Alfassa - La Madre
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jueves 4 de febrero de 2010

¿Qué es el Orgón?

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Orgón es el nombre que le dió el Dr. Wilhelm Reich a esta Energía Vital presente en el Universo.
El mundo occidental, en su mayoría, la llama con el nombre de FUERZA DE VIDA.
Muchas denominaciones nos llevan al mismo sitio cuando queremos nombrar a esta maravillosa energía. Es el CHI de los Chinos, el QI del Taoísmo Chino y el KI de Japón.
En la Grecia Antigua recibió el nombre PNEUMA y en algunas culturas de nuestros ancestros fue bautizada como SEKHEM.

Nombres diferentes acuñados durante siglos desde distintas culturas y civilizaciones, para una misma Energía Universal que es la Fuerza de la Vida.
No importa qué nombre reciba ya que sigue siendo la misma energía que todo organismo necesita.
Esta energía existe naturalmente bajo diferentes formas. Puede ser neutral “OR”, positiva “POR” o negativa “DOR”.
En India, así como en muchas otras culturas antiguas, se considera que por la respiración, y más específicamente a través de la inhalación, no sólo ingresa aire a nuestro cuerpo, sino que este aire que ingresa es uno de los tantos vehículos a través de los cuales podemos “cargarnos” y recibir esta maravillosa energía a la que llaman PRANA; presente también en la formación de nubes, el agua de los océanos, la vegetación, el sol y la tierra -tan beneficiosa para nuestra salud y bienestar- y que contrarresta esa cantidad enorme de energía “DOR” que abunda en zonas afectadas por una gran contaminación electromagnética y emisión de micro-ondas, como son las centrales nucleares y térmicas, estaciones de telefonía celular, torres de alta tensión, celulares, transformadores y electrodomésticos -televisores y ordenadores en especial, por la emisión de gran cantidad de rayos catódicos-, etc.
Reich pudo comprobar que los campos de Orgón Positivo "OR" eran capaces de trasformar la Energía Negativa Etérica que despedían estos lugares “DOR” -totalmente nociva para la salud humana-, en Energía Etérica Positiva saludable.

Claudia Alejandra Ingénito


miércoles 27 de enero de 2010

HOME

Un documental imperdible.-




Breve reseña de su texto:

Estamos viviendo un periodo crucial. Los científicos nos dicen que solo tenemos 10 años para cambiar nuestro modo de vida.
Al principio nuestro planeta solo era un caos como muchos otros puntos en el universo. Sin embargo aquí ocurrió un milagro: LA VIDA.
EN LA GRAN AVENTURA DE LA TIERRA CADA ESPECIE TIENE UN PAPEL, CADA ESPECIE TIENEN SU LUGAR. Ninguna es inútil o dañina. Todas se equilibran. Es entonces cuando tú, el Homo Sapiens –el hombre que piensa- apareces en la historia del planeta y disfrutas de la herencia fabulosa de más de 4.000.000.000 de años que te ofrece esta tierra. Solo tienes 200.000 años, pero logras cambiar la faz del mundo explotando todos sus recursos indiscriminadamente, sin reparar en los daños que causas.
En los últimos 50 años la geografía del planeta se vió modificada como nunca antes había sido modificada, por la acción de ninguna otra especie sobre la faz de la tierra.
Todo está íntimamente relacionado: nuestras vidas son solo un eslabón de la gran cadena viviente que está en verdadero peligro de extinción.
Las selvas, que poseen la ¾ parte de la biodiversidad del planeta, están en verdadero peligro. Le llevó miles de millones de años a nuestra tierra generar la vida y todo cuanto nos ofrece. La tala de los bosques, la explotación indiscriminada de recursos naturales y la falta de previsión acerca de las consecuencias que todo ello genera, son un llamado a una toma de conciencia global.
No hay tiempo que perder. Es importante una toma de conciencia no solo individual sino generalizada. Ya que esta maravillosa herencia… está escurriéndose de nuestras manos.
Está en todos nosotros generar ese cambio.

En http://lucesdelnuevoamanecer.blogspot.com/2009/10/home.html podrás disfrutar de este maravilloso documental.


martes 26 de enero de 2010

Las 4 ECOLOGÍAS

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ECOLOGÍA SOCIAL




ECOLOGÍA MENTAL


ECOLOGÍA AMBIENTAL


ECOLOGÍA INTEGRAL



La hora y el turno de la ecología mental

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Foto: Leonardo Boff

El 2 de febrero de 2007, al oír en París los resultados del estudio sobre el calentamiento global dados a conocer por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), el entonces presidente Jacques Chirac dijo: «Como nunca antes, tenemos que tomar la palabra revolución al pie de la letra. Si no lo hacemos, ponemos en peligro el futuro de la Tierra y de la Humanidad». Antes de él, otras voces, como la de Gorbachev y la de Claude Lévy Strauss -poco antes de que falleciera- advertían: «o cambiamos de valores civilizatorios o la Tierra podrá continuar sin nosotros».
Este es el punto ocultado en los foros mundiales, especialmente en el de Copenhague. Si se reconociera abiertamente, implicaría la autocondena del tipo de producción y de consumo con su cultura mundialmente vigente. No basta que el IPCC diga que, en gran parte, el calentamiento ahora irreversible está producido por los seres humanos. Ésta es una generalización que esconde a los verdaderos culpables: los hombres y mujeres que formularon, implantaron y globalizaron el modo de producción de bienes materiales y los estilos de consumo que implican depredación de la naturaleza, clamorosa falta de solidaridad de las generaciones actuales con las futuras.
De poco sirve gastar tiempo y palabras en encontrar soluciones técnicas y políticas para disminuir los niveles de gases de efecto invernadero si seguimos manteniendo este tipo de civilización. Es como si una voz dijese: «pare de fumar, si no va a morir» y otra voz dijese lo contrario: «siga fumando pues ayuda a la producción que ayuda a crear empleos que ayudan a garantizar los salarios que ayudan al consumo que ayuda a aumentar el PIB». Y así alegremente, como en los tiempos del viejo Noé, vamos al encuentro de un diluvio pre-anunciado.
No somos tan obtusos como para decir que no necesitamos la política y la técnica. Las necesitamos mucho, pero es ilusorio pensar que la solución está en ellas. Hay que incluirlas en otro paradigma de civilización que no reproduzca las perversidades actuales. Por eso, no basta una ecología ambiental, que ve el problema en el ambiente y en la Tierra. Tierra y ambiente no son el problema. Nosotros somos el problema, el verdadero Satán de la Tierra, cuando deberíamos ser su ángel de la guarda. Entonces es importante hacer, como decía Chirac, una revolución. ¿Pero cómo hacer una revolución sin revolucionarios?
Necesitan ser suscitados. ¡Y qué falta nos hace un Paulo Freire ecológico! Él decía sabiamente algo que se aplica a nuestro caso: «No es la educación la que va a cambiar el mundo. La educación va a cambiar a las personas que van a cambiar el mundo» Necesitamos estas personas revolucionarias, si no, preparémonos para lo peor, porque el sistema imperante está totalmente alienado, se ha vuelto estúpido, arrogante y ciego frente a sus propios defectos. Es la tiniebla y no la luz del túnel donde nos encontramos.
En este contexto invocamos una de las cuatro tendencias de la ecología (ambiental, social, mental, integral): la ecología mental. Trabaja con lo que pasa por nuestra mente y nuestro corazón. ¿Cuál es la visión del mundo que tenemos? ¿Qué valores orientan nuestra vida? ¿Cultivamos una dimensión espiritual? ¿Cómo debemos relacionarnos con los otros y con la naturaleza? ¿Qué hacemos para conservar la vitalidad y la integridad de nuestra Casa Común, la Madre Tierra?
Unas pocas líneas no dan para trazar el diseño principal de la ecología mental, cosa que hemos hecho en varias obras y vídeos. El primer paso es asumir el legado de los astronautas que vieron la Tierra desde fuera de ella y se dieron cuenta de que Tierra y Humanidad forman una entidad única e inseparable, que es parte de un todo cósmico. El segundo es saber que somos Tierra que siente, piensa y ama, por eso homo (hombre y mujer) viene de humus (tierra fecunda). El tercero, que nuestra misión en el conjunto de los seres es la de ser los guardianes y los responsables del destino feliz o trágico de esta Tierra, hecha nuestra Casa Común. El cuarto es que junto con el capital natural que garantiza nuestro bienestar material, debe venir el capital espiritual, que asegura aquellos valores sin los cuales no vivimos humanamente, como la buena voluntad, la cooperación, la compasión, la tolerancia, la justa medida, la contención del deseo, el cuidado esencial y el amor.
Éstos son algunos de los ejes que sustentan un nuevo ensayo civilizatorio, amigo de la vida, de la naturaleza y de la Tierra. O aprendemos estas cosas por convencimiento, o lo haremos por padecimiento. Éste es el camino que la historia nos enseña.

Leonardo Boff

2010-01-08

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sábado 23 de enero de 2010

Karma Yoga

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KARMA YOGA es el Yoga de la Acción Generosa en el mundo, y se le considera el más elevado y definitivo de los diferentes caminos del Yoga. Todos los otros senderos, el Bhakti, el Gnani, el Raya, el Hatha Yoga y otros, sólo nos van abriendo la percepción y la conciencia de sí y de todo cuanto transcurre a nuestro alrededor para un discernimiento más real.
¿Discernir para qué? ¿Sólo para entender y conocer que somos agentes del proceso evolutivo de la vida, investidos de las más privilegiadas facultades y capacidades? No, es necesario ir más allá en el análisis. Por el sólo hecho de recuperar un adecuado y justo grado de conciencia, nos movilizamos naturalmente hacia la ACCION GENEROSA y esta se transforma en una tendencia, en una predisposición y en una necesidad de expresión personal.

¿Qué es Acción Generosa?

Es Dar, evitando todo tipo de gratificación, reconocimiento, recompensa o lucro, aunque sea el agradecimiento de las personas a las cuales damos. La Acción Generosa en los términos planteados debe ser entonces a lo menos, necesariamente anónima. Tan pronto aparecemos tras la acción de dar, empezamos a recibir, aunque no lo pretendamos, distintas formas de gratificación, y eso quita categoría y no inviste de la más alta nobleza al dar.
Dejemos de lado el aspecto TRASCENDENCIA DE LOS CONTENIDOS PERSONALES, que es una forma inconsciente de dar. En efecto, permanentemente estamos traspasando a los demás, y muy en especial a las personas de nuestra directa relación, nuestros íntimos contenidos de ira, odio, resentimiento, angustia, inseguridad, depresión, o bien nuestro buen ánimo, nuestra capacidad de confiar en la vida, nuestra fortaleza personal, nuestra alegría y afectuosidad en el vivir. La práctica del Yoga, cualquiera que sea su forma, nos impulsa también productivamente en este terreno porque nos permite reafirmar y mejorar constantemente nuestros contenidos positivos desplazando, en consecuencia, los contenidos negativos.
Tampoco consideraremos en esta oportunidad la cuestión de la categoría de los bienes que podamos entregar generosamente. Está claro que los bienes materiales son los de menor categoría por cuanto satisfacen sólo momentáneamente necesidades que pronto se reiteran, comida, ropa, dinero, etc. Más categoría tienen los bienes de orden intelectual, la enseñanza de ciencias, técnicas o destrezas que permiten a las personas solucionar por mucho tiempo problemas y necesidades de orden práctico.
De mucho más inconmensurable valor son los bienes espirituales, que son los conocimientos y las respuestas que han necesitado y que seguirán necesitando los hombres de todas las épocas y de todas las condiciones, para entenderse mejor a sí mismos y entender mejor a los demás y a todo cuanto les rodea.

Más allá todavía, están los que son capaces de darse a sí mismos para alimentar la llama de la justicia, la verdad, la belleza, el espíritu de Paz y la Buena Voluntad para vivir. Esos son los grandes bienes y los que los entregan no sólo son benefactores de unas pocas personas o grupos, sino que de toda la Humanidad.

La discriminación en el dar, con lo que se busca estimular y premiar dando, tampoco está en el esquema de la Acción Generosa de la que estamos hablando.
Ello implicaría juzgar previamente a los demás y no estamos capacitados para juzgar con justicia, a lo sumo podríamos hacerlo con generosidad.
Hay muchas instituciones y personas que por razones sociales y prácticas discriminan y canalizan el DAR, y eso puede ser muy positivo de acuerdo con las circunstancias habituales, pero no es nuestro estilo, ni nuestro esquema, porque el Yoga apunta al corazón mismo del hombre.

Las palabras de Gibrán a este respecto son muy claras y terminantes:
"Decís a menudo daría, pero al que lo merezca. Los árboles en vuestro huerto no hablan así, ni tampoco los rebaños de vuestra pradera. Ellos dan para vivir, porque guardar es perecer. Todo aquél que es digno de recibir sus días y sus noches, merece seguramente de vosotros todo lo demás. Y aquel que mereció beber del océano de la vida, merece colmar su copa en vuestro pequeño arroyo."
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Fuente: Página web
Escuela de Yoga Clásico
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viernes 22 de enero de 2010

Vuele bajo






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miércoles 20 de enero de 2010

Esencia

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El Yoga no obliga a ninguna creencia.
Aunque sí despierta
nuestra esencia espiritual.
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viernes 8 de enero de 2010

Krishnamurti y la Meditación

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Si durante el día está usted alerta, si está atento a todo el movimiento del pensar, a lo que usted dice, a sus gestos -cómo se sienta, cómo camina, cómo habla- si está atento a sus respuestas, entonces todas las cosas ocultas salen a la luz muy fácilmente. En ese estado de atención lúcida, despierta, todo es puesto al descubierto.

La mayoría de nosotros está inatento. Darse cuenta de esa inatención, es atención.

La meditación no es una fragmentación de la vida; no consiste en retirarse a un monasterio o encerrarse en una habitación sentándose quietamente por diez minutos o una hora en un intento de concentrarse para aprender a meditar, mientras que por el resto del tiempo uno continúa siendo un feísimo, desagradable ser humano.

Para percibir la verdad, uno debe poseer una mente muy aguda, clara y precisa —no una mente astuta, torturada, sino una mente capaz de mirar sin distorsión alguna, una mente inocente y vulnerable. Tampoco puede percibir la verdad una mente llena de conocimientos; sólo puede hacerlo una mente que posee completa capacidad de aprender. Y también es necesario que la mente y el cuerpo sean altamente sensibles —con un cuerpo torpe, pesado, cargado de vino y comida, no se puede tratar de meditar. Por lo tanto, la mente debe estar muy despierta, sensible e inteligente.

Las necesidades básicas para descubrir aquello que está más allá de la medida del pensamiento, para descubrir algo que el pensamiento no ha producido son tres: 1) se debe producir un estado de altísima sensibilidad e inteligencia en la mente; 2) ésta debe ser capaz de percibir con lógica y orden; 3) finalmente, la mente debe estar disciplinada en alto grado.

Una mente que ve las cosas con total claridad, sin distorsión alguna, sin prejuicios personales, ha comprendido el desorden y está libre de él; una mente así es virtuosa, ordenada. Sólo una mente muy ordenada puede ser sensible, inteligente.

Es preciso estar atento al desorden que hay dentro de uno mismo, atento a las contradicciones, a las luchas dualísticas, a los deseos opuestos, atento a las actividades ideológicas y a su irrealidad. Uno ha de observar "lo que es" sin condenar, sin juzgar, sin evaluar en absoluto.

La mayor parte del tiempo está uno inatento. Si usted sabe que está inatento, y presta atención en el momento de advertir la inatención, entonces ya está atento.

La percepción alerta, la comprensión, es un estado de la mente de completo silencio, silencio en el cual no existe opinión, juicio ni evaluación alguna. Es realmente un escuchar desde el silencio. Y es sólo entonces que comprendemos algo en lo cual no está en absoluto envuelto el pensamiento. Esa atención, ese silencio, es un estado de meditación.

Comprender el ahora es un inmenso problema de la meditación, ello es meditación. Comprender el pasado totalmente, ver dónde radica su importancia, ver la naturaleza del tiempo, todo eso forma parte de la meditación.

En la meditación existe una gran belleza. Es una cosa extraordinaria. La meditación, no "cómo meditar".

La meditación es la comprensión de uno mismo y, por lo tanto, significa echar los cimientos del orden —que es virtud— en el cual existe esa cualidad de disciplina que no es represión ni imitación ni control. Una mente así se halla, entonces, en un estado de meditación.

Meditar implica ver muy claramente, y no es posible ver claramente ni estar por completo involucrado en lo que uno ve, cuando hay un espacio entre el observador y la cosa observada. Cuando no hay pensamiento, cuando no hay información sobre el objeto, cuando no hay agrado ni desagrado sino tan sólo atención completa, entonces el espacio desaparece y, por lo tanto, está uno en relación completa con esa flor, con ese pájaro que vuela, con la nube o con ese rostro.

Es sólo la mente inatenta que ha conocido lo que es estar atenta, la que dice: "¿Puedo estar atenta todo el tiempo?" A lo que uno debe estar atento, pues, es a la inatención. Estar alerta a la inatención, no a cómo mantener la atención. Cuando la mente se da cuenta de la inatención, ya está atenta —no hay que hacer nada más.

La meditación es algo que requiere una formidable base de rectitud, virtud y orden. No se trata de algún estado místico o visionario inducido por el pensamiento, sino de algo que adviene natural y fácilmente cuando uno ha establecido las bases de una recta conducta. Sin tales bases, la meditación se vuelve meramente un escape, una fantasía. De modo que uno ha de asentar esas bases; en realidad, esta misma manera de asentar las bases, es la meditación.

Los meditadores profesionales nos dicen que es necesario ejercer el control. Cuando prestamos atención a la mente, vemos que el pensamiento vaga sin rumbo, por lo que tiramos de él hacia atrás tratando de sujetarlo; entonces el pensamiento vuelve a descarriarse y nosotros volvemos a sujetarlo, y de ese modo el juego continúa interminablemente. Y si podemos llegar a controlar la mente de manera tan completa que ya no divague en absoluto, entonces —se dice— habremos alcanzado el más extraordinario de los estados. Pero en realidad, es todo lo contrario: no habremos alcanzado absolutamente nada. El control implica resistencia. La concentración es una forma de resistencia que consiste en reducir el pensamiento a un punto en particular. Y cuando la mente se adiestra para concentrarse por completo en una sola cosa, pierde su elasticidad, su sensibilidad, y se vuelve incapaz de captar el campo total de la vida.

El principio de la meditación es el conocimiento de uno mismo, y esto significa darse cuenta de todo movimiento del pensar y del sentir, conocer todas las capas de la conciencia, no sólo las superficiales sino las ocultas, las actividades profundas. Para ello, la mente consciente debe estar serena, calma, a fin de recibir la proyección del inconsciente. La mente superficial sólo puede lograr tranquilidad, paz y serenidad, comprendiendo sus propias actividades, observándolas, dándose cuenta de ellas; cuando la mente se da plena cuenta de todas sus actividades, mediante esa comprensión se queda en silencio espontáneamente; entonces el inconsciente puede proyectarse y aflorar. Cuando la totalidad de la conciencia se ha liberado, sólo entonces está en condiciones de recibir lo eterno.

Entre dos pensamientos hay un periodo de silencio que no está relacionado con el proceso del pensamiento. Si observas, verás que ese período de silencio, ese intervalo, no es de tiempo, y el descubrimiento de ese intervalo, la total experimentación del mismo, te libera del condicionamiento.

La meditación no es un medio para algo. Descubrir en todos los momentos de la vida cotidiana qué es verdadero y qué es falso, es meditación. La meditación no es algo por cuyo medio escapáis. Algo en lo que conseguís visiones y toda clase de grandes emociones. Mas el vigilar todos los momentos del día, ver cómo opera vuestro pensamiento, ver funcionar el mecanismo de la defensa, ver los temores, las ambiciones, las codicias y envidias, vigilar todo esto, indagarlo todo el tiempo, eso es meditación, o parte de la meditación. No tenéis que acudir a nadie para que os diga qué es meditación o para que os dé un método. Lo puedo descubrir muy sencillamente vigilándome. No me lo tiene que decir otro; lo sé. Queremos llegar muy lejos sin dar el primer paso. Y hallaréis que si dais el primer paso, ese es el último. No hay otro paso.

Jiddu Krishnamurti
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jueves 7 de enero de 2010

La coraza del miedo


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“Cuando hablamos de apertura hablamos de abrirnos a algo.
En otro sentido, la expresión «apertura existencial» es otra manera de referirse a lo que en el budismo se define como «ausencia de existencia inherente».

Somos seres esencial, existencial, biológica, social y epistemológicamente abiertos.

Nos cerramos a la esencia del conocimiento, a la conciencia que todo lo sabe, porque no podríamos soportar el crudo impacto de la realidad. Erigimos barreras conceptuales y colgamos etiquetas de las cosas y las personas con el fin de conjurar el temor que nos produce lo desconocido, lo incontrolable.
Nos escondemos tras innumerables corazas y máscaras para protegernos del impacto directo de la realidad; y así, dejamos de sentir porque nos da miedo vivir"

http://santoshatucielointerno.spaces.live.com

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lunes 28 de diciembre de 2009

Ritmos

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Todos tenemos un ritmo propio
con el que caminamos por la vida...
No apures el paso, no te limites sólo a buscar una meta.
Porque tal vez sin advertirlo, te habrás pasado de largo.

Sabiduría oída al pasar
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sábado 26 de diciembre de 2009

Reconociendo la Expresión Divina

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"Soy el objetivo, el sostén, el señor, el testigo,
el hogar, el refugio, el amigo, el origen, la disolución,
la permanencia, el receptáculo, el germen, el inmutable.
Soy yo quien recalienta, retiene, o deja ir la lluvia;
yo soy la inmortalidad y la muerte;
soy yo quien soy, el Ser y el No-Ser."

Bhagavad-Gītā
(IX, 18-19)
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jueves 17 de diciembre de 2009

Servicio


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http://almez.pntic.mec.es/~jmac0005/ESO_Geo/TIERRA/Fotos/Tierra.jpg

"Así como la tierra y los demás elementos
sirven generosamente
a los innumerables seres repartidos por el espacio infinito.
¡Pueda ser yo útil de muchas maneras a todos los seres
que pueblan el espacio hasta su liberación final!

Bodhicaryavatara
Santideva
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lunes 14 de diciembre de 2009

El propio andar lV

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Despliego mi espiritualidad.
Y a medida que transcurre el tiempo físico… me alejo.
Expando mis fronteras.
Agudizo mis sentidos.
Soy.
Y siendo en Él, no necesito nada más.

Claudia Alejandra Ingénito
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El propio andar lll

Unificándonos


http://www.esraco.es/dos%20mundos20.jpg

Abre tu pecho.
Irradia tu luz.
Brinda Amor a todo lo creado.
Eres tú quien tiene la llave para unificarse
con este maravilloso Universo.

Claudia Alejandra Ingénito
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El propio andar ll

Amanecer espiritual


http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/miguelangel-sankar/GPN-2000-001437bis.jpg

Nos encontramos frente al amanecer de una Nueva Tierra.
Damos ese gran salto que nos lleva a evolucionar.
Solo que lo interesante sería que ese paso evolutivo
lo diéramos unificándonos, en UNICIDAD.

Claudia Alejandra Ingénito
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El propio andar l

Evolución
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Buceando en las profundidades del microcosmos
descubro los misterios del universo.
El Ajna es mi Luz.
Anahata mi destino.
Y mi búsqueda que es constante se hace encuentro.
Y el encuentro es enriquecedor.
Ambos se convierten en el motor de nuevas búsquedas.
Y son una coartada para evolucionar en algún sentido.

Claudia Alejandra Ingénito
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Oración del propio andar

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Soy ave. Soy aire. Soy flor.
Soy parte de todo lo creado: una de las innumerables expresiones,
en las que El Espíritu se manifiesta.
Bendito el suelo que hoy pisamos,
bendito el sol y bendita la luna.
Bendito todo ser, animado o inanimado...
Bendita nuestra hermosa Tierra.
A ella vinimos a concretar nuestro más audaz aprendizaje.

Claudia Alejandra Ingénito
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viernes 11 de diciembre de 2009

LA SERENIDAD

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"Cuando las olas se han aquietado
y el agua está en calma,
entonces se refleja la luz
y se puede vislumbrar el fondo".

SWAMI VIVEKANANDA
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miércoles 9 de diciembre de 2009

¿Transgénicos? No!!



http://energiaslimpias.org/wp-content/uploads/2007/02/granos-soja.jpg

Los transgénicos u organismos genéticamente modificados resultan de la alteración y transferencia de genes de un ser vivo (vegetal, animal, ser humano, microorganismo) a otro con el propósito de hacerlo más sano, más productivo y más inmune a plagas y bacterias.
El tema es altamente polémico e involucra a varias instancias: los productores, el mercado, los consumidores, la investigación, el poder público y la ética.
Los productores quieren transgénicos, alegando disminución de costos y aumento de la productividad, con la ventaja de crear semillas más resistentes a plagas. La creciente demanda mundial de alimentos reforzaría ese propósito.
El mercado busca ganancias. Algunas empresas mundiales (cinco en total) producen semillas transgénicas que van sustituyendo lentamente a las naturales (erosión genética) y acaban monopolizando el mercado de semillas (una de ellas controla el 90%), haciendo económica y tecnológicamente dependientes a los productores.
Los consumidores son reacios a consumir alimentos genéticamente modificados porque temen que tengan consecuencias sobre la salud en el presente o en el futuro. Encuestas realizadas muestran que más del 60% de la población europea está en contra del consumo de transgénicos.
La investigación, celosa de su libertad, sigue penetrando en el secreto de la vida, desvelando posibilidades nuevas para la salud y la longevidad, provenientes de la biotecnología.
El poder público está indeciso, ya sea por la presión de los grandes capitales y del mercado, ya por las afirmaciones contradictorias de científicos, unos que afirman la bioseguridad alimentaria y ecológica de los transgénicos, y otros que insisten en que no disponemos de investigaciones conclusivas sobre sus riesgos para la salud y el medio ambiente. ¿Qué decisión tomar? Su misión es cuidar del bien común y resistir las presiones.
En su decisión, el poder público, instancia delegada del poder popular, debe orientarse por la ética. Se evocan dos principios: el de la responsabilidad y el de la precaución. El producto a ser introducido debe garantizar que ningún perjuicio directo ni indirecto, global, acumulativo ni de largo plazo va a afectar al ser humano o a la cadena de la vida. La ciencia en el estado actual todavía no puede emitir tal parecer.
Lo que sabemos es que la naturaleza trabajó miles y miles de millones de años para organizar el código de la vida a través de inter-retro-relaciones que involucran a la física y la química del universo. Una célula epidérmica de nuestra mano contiene, en una fantástica nanotecnología, toda la información necesaria para constituir la vida. Pregunta: ¿no será que el científico sólo con mucha reverencia y precaución podría atreverse a intervenir en ese juego complejísimo, ya que sabe que cada gen tiene que ver con todos los demás? En cuanto al fenómeno de la vida, el paradigma científico newtoniano que reduce y compartimenta ¿no es insuficiente para captar las implicaciones de todos los genes entre sí? ¿Quién nos garantiza que la bacteria resistente de la soja Roundup Ready no va a perturbar el equilibrio de los miles y miles de millones de bacterias que hay en nosotros?

Leonardo Boff
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domingo 6 de diciembre de 2009

Zen-budismo en la vida y en el trabajo

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http://www.ojoclic.com/fotos/webs/alma-zen-746.jpg

El zen-budismo puede significar una fuente inspiradora para el paradigma occidental en crisis, así como para la vida cotidiana. Y ello se debe a que el zen no es una teoría o una filosofía. Es una práctica de vida que se inscribe en la tradición de las grandes sabidurías de la humanidad. El zen puede ser vivido por las personas más diferentes, sencillas amas de casa, empresarios o personas religiosas de diferentes credos.
Para el zen-budismo, lo más importante no está en la razón, tan importante para nuestra cultura occidental, sino en la conciencia. Para nosotros la conciencia es algo mental. Para el zen-budismo cada sentido corporal tiene su conciencia: la visión, el olfato, el paladar, la audición y el tacto. La sexta es la razón. Todo se concentra para activar con la mayor atención posible cada una de estas conciencias, en las vivencias de cada día. Tener una actitud zen es discernir cada matiz del verde, percibir cada ruido, sentir cada aroma, darse cuenta de cada toque. Y estar atento a los devaneos de la razón en su movimiento imparable.
Por eso, el zen se construye sobre la concentración, la atención, el cuidado y la integridad en todo lo que hacemos. Por ejemplo, expulsar un gato de la poltrona, puede ser zen; también, soltar a los perros de la perrera y dejarlos correr por el jardín. Se cuenta que un guerrero samurai, antes de una batalla, visitó a un maestro zen, y le preguntó: «¿qué es el cielo y el infierno?». El maestro respondió: «para gente armada como tú, no pierdo ni un minuto». El samurai, ofendido, tiró la espada, y dijo: «por semejante falta de cortesía podría matarlo ahora mismo». Ahí le contestó con toda calma el maestro: «eso es el infierno». Con la calma del maestro, recapacitó el samurai, metió la espada en la vaina y se marchó. El maestro le gritó desde atrás: «eso es el cielo».
En medio de las diferentes situaciones, acabamos compartimentando nuestra vida. La actitud zen apunta a la completa integración de la persona con la realidad que vive. El zen busca el vacío. Pero ese vacío no es tal. Es más bien un espacio libre en el cual todo se puede formar. No nos podemos quedar atados a esto o aquello...
Cuando un discípulo preguntó al maestro «¿quién somos?», el maestro respondió simplemente apuntando al universo: «somos todo eso». Eres la planta, el árbol, la montaña, la estrella, el universo entero. Cuando nos concentramos totalmente en esas realidades, nos identificamos con ellas. Pero eso sólo es posible si quedamos vacíos y permitimos que las cosas nos tomen totalmente. El pequeño yo va desapareciendo, para que surja el yo profundo. Es entonces cuando sentimos que somos uno con todo.
Este camino exige mucha disciplina. No es nada fácil superar las fluctuaciones de cada una de las conciencias y crear un centro unificador.
La búsqueda de esta unidad originaria tiene una base cosmológica. Hoy sabemos que todos los seres provienen de elementos físico-químicos que se forjaron en el corazón de las grandes estrellas rojas que después explotaron. Un día estábamos todos juntos en aquel corazón incandescente. Guardamos todavía una memoria cósmica de esta ancestralidad nuestra.
Por otra parte, sabemos también que tenemos el mismo código genético de base presente en todos los demás seres vivos. Venimos de una bacteria primordial, surgida hace 3.800 millones de años. Formamos la única y sagrada comunidad de vida.
Al buscar un centro unificador, el zen nos invita a realizar este viaje interior. No hace falta decir que todo eso vale para todos, pero principalmente para mí.

Leonardo Boff
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Zen y la crisis de la cultura occidental

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Foto: Laonardo Boff

Vengo insistiendo desde hace tiempo en que por detrás de la crisis actual económico-financiera actual hay una crisis de paradigma civilizatorio. ¿De qué civilización? Se trata obviamente de la civilización occidental, que a partir del siglo XVI fue mundializada por el proyecto de colonización de los nuevos mundos.
Este tipo de civilización se estructura en la voluntad de poder-dominación del sujeto personal y colectivo sobre los otros, los pueblos y la naturaleza. Su arma mayor es una forma de racionalidad, la instrumental-analítica, que compartimenta la realidad para conocerla mejor y así someterla más fácilmente. Después de quinientos años de ejercicio de esta racionalidad, con los innegables beneficios que ha traído y que encontró en la economía política capitalista su más cabal realización, estamos constatando el alto precio que nos ha hecho pagar: el calentamiento global, inducido en gran parte por el industrialismo sin límites, y la amenaza de una catástrofe previsible ecológica y humanitaria.
Estimo que todos los esfuerzos que se hagan dentro de este paradigma para mejorar la situación serán insuficientes. Serán siempre más de lo mismo. Tenemos que cambiar para no perecer. Es el momento de inspirarnos en otras civilizaciones que ensayaron un modo más benevolente de habitar el planeta. Lo que fue bueno ayer, puede valer también para hoy.
Tomo como una de las referencias posibles el zenbudismo. Primero, porque ha influenciado todo el Oriente. Nacido en la India, pasó a China y llegó a Japón. Después, porque ha penetrado ampliamente en estratos importantes de Occidente y de todo el mundo. El Zen no es una religión. Es una sabiduría, una manera de relacionarse con todas las cosas de tal forma que se busca siempre la justa medida, la superación de los dualismos y la sintonía con el Todo.
Lo primero que hace el budismo zen es destronar al ser humano de su pretendida centralidad, especialmente del yo, núcleo básico del individualismo occidental. Él nunca está separado de la naturaleza, es parte del Todo. En seguida, procura una razón más alta que está más allá de la razón convencional. Se niega a tratar la realidad con conceptos y fórmulas. Se concentra con la mayor atención posible en la experiencia directa de la realidad tal como la encuentra.
«¿Qué es el zen?» preguntó un discípulo al maestro. Y éste respondió: «las cosas cotidianas; cuando tienes hambre, comes, cuando tienes sueño, duermes». «¿Pero no hacen eso mismo todos los seres humanos normales?» -atajó el discípulo. «Sí» ―respondió el maestro― «los seres humanos normales cuando comen piensan en otra cosa, cuando duermen, no pegan ojo porque están llenos de preocupaciones». ¿Qué significa esta respuesta? Significa que debemos ser totalmente uno en el acto de comer y totalmente entregados al acto de dormir. Como ya decía la mística cristiana Santa Teresa: «cuando gallinas, gallinas, cuando ayuno, ayuno». Esta es la actitud zen. Empieza por hacer con la máxima atención las cosas más cotidianas como respirar, andar y limpiar un plato. Entonces ya no hay dualidad: estás todo tú en todo lo que haces. Por eso, obedece a la lógica secreta de la realidad sin la pretensión de interferir en ella. Acogerla con el máximo de atención nos hace integrados porque no nos distraemos con representaciones y palabras.
Esta actitud le ha faltado al Occidente globalizado. Estamos siempre imponiendo nuestra lógica a la lógica de las cosas. Queremos dominar. Y llega un momento en que ellas se rebelan, como estamos constatando actualmente. Si queremos que la naturaleza nos sea útil, debemos obedecerla.
No dejaremos de producir y de hacer ciencia, pero lo haremos con la máxima conciencia y en sintonía con el ritmo de la naturaleza. Orientales, occidentales, cristianos y budistas pueden usar el zen de la misma forma que peces grandes y pequeños pueden morar en el mismo océano. Es otra forma de vivir que puede enriquecer nuestra cultura en crisis.

Leonardo Boff
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¿Quién debe cuidar del Planeta?

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Un teólogo famoso, en su mejor libro, Introducción al Cristianismo, amplió la conocida metáfora del fin del mundo formulada por el danés Sören Kirkegaard, que ya hemos referido en esta columna. Recontaba así la historia: en un circo ambulante, instalado a las afueras del pueblo, se declaró un grave incendio. El director llamó al payaso que estaba listo para entrar en escena y le dijo que fuese al pueblo a pedir socorro. Salió inmediatamente Gritaba por la plaza central y por las calles, pidiendo al pueblo que fuesen a ayudar a apagar el incendio. Todos lo encontraban divertido, pues pensaban que era un truco de propaganda para atraer al público. Cuanto más gritaba, más reían todos. Entonces el payaso se puso a llorar y todos reían más todavía. Y el fuego se extendió por el campo, llegó al pueblo y tanto el pueblo como el circo se quemaron totalmente.
Ese teólogo era Joseph Ratzinger. Hoy es papa y ya no produce teología sino doctrinas oficiales. Su metáfora, sin embargo, se puede aplicar muy bien a la situación actual de la humanidad, que dirige sus ojos al país de Kirkegaard y a su capital Copenhague. Los 192 representantes de los pueblos deben decidir las formas de controlar el fuego amenazador. Pero la conciencia del peligro no está a la altura de la amenaza de incendio generalizado. El calor creciente se hace sentir y la mayoría sigue indiferente, como en los tiempos de Noé, que es el «payaso» bíblico que alertaba del diluvio inminente. Todos se divertían, comían y bebían como si nada pudiera pasar. Y sobrevino la catástrofe.
Pero entre Noé y nosotros hay una diferencia. Él construyó un arca que salvó a muchos. Nosotros no estamos dispuestos a construir ningún arca que nos salve a nosotros y a la naturaleza. Eso sólo es posible si disminuimos considerablemente las sustancias que alimentan el calentamiento. Si éste sube de dos a tres grados centígrados podrá devastar toda la naturaleza y, eventualmente, eliminar a millones de personas. El consenso es difícil y las metas de emisión insuficientes. Preferimos engañarnos cubriendo el cuerpo de la Madre Tierra con un esparadrapo haciéndonos la ilusión de que estamos curando sus heridas.
Existe además un agravante: no hay un gobierno mundial para actuar de forma planetaria. Predominan los estados-naciones, con sus proyectos particulares, que no piensan en el conjunto. Absurdamente dividimos ese todo de forma arbitraria, por continentes, regiones, culturas y etnias. Sabemos hoy que estas diferenciaciones no tienen ninguna base. La investigación científica ha dejado claro que todos tenemos un origen común, puesto que todos venimos de África.
Consecuentemente, todos somos coproprietarios de la única Casa Común y somos corresponsables de su salud. La Tierra nos pertenece a todos. Nosotros la tenemos en préstamo de las generaciones futuras y nos ha sido entregada con confianza para que cuidemos de ella.
Si miramos lo que estamos haciendo, debemos reconocer que la estamos traicionando. Amamos más el lucro que la vida, estamos más empeñados en salvar el sistema económico-financiero que a la humanidad y la Tierra.
A los humanos como un todo se aplican las palabras de Einstein: «solamente hay dos infinitos: el universo y la estupidez. Y no estoy seguro del primero». Sí, vivimos en una cultura de la estupidez y de la insensatez. ¿No es estúpido y insano que 500 millones de seres humanos sean responsables del 50% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero, y que 3.400 millones respondan solamente por el 7% y sean las principales víctimas inocentes?
Es importante decir que el calentamiento más que una crisis configura una irreversibilidad. La Tierra ya se ha calentado. Sólo nos queda disminuir sus niveles, adaptarnos a la nueva situación y mitigar sus efectos perversos para que no sean catastróficos.

Leonardo Boff
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Yin y Yang: el equilibrio del movimiento

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La tradición del Tao ve la historia como un juego dialéctico y complementario de dos principios: yin y yang, fuerzas subyacentes a todos los fenómenos humanos y cósmicos. Buscando luces para entender y salir de la crisis mundial, tal vez esta mirada holística de los sabios orientales nos pueda inspirar.

La figura de referencia para representar estos dos principios es la montaña. El lado norte, cubierto por la sombra, es yin, que en chino quiere decir sombreado, y corresponde a la dimensión Tierra. Se expresa por las cualidades del ánima, de lo femenino en los hombres y en las mujeres: el cuidado, la ternura, la acogida, la cooperación, la intuición y la sensibilidad por los misterios de la vida.

El yang significa la luminosidad del lado sur, y corresponde a la dimensión Cielo. Adquiere cuerpo en el ánimus, en las cualidades masculinas en el hombre y en la mujer: el trabajo, la competición, el uso de la fuerza, la objetivación del mundo, el análisis y la racionalidad discursiva y técnica.

La sabiduría milenaria del Taoísmo enseña que estas dos fuerzas deben equilibrarse mutuamente para que el discurrir de las cosas sea al mismo tiempo dinámico y armónico. Puede ocurrir que una predomine sobre la otra, pero se debe buscar en todo tiempo el difícil equilibrio entre ellas.

El yin y el yang nos remiten a una energía más originaria que contiene a ambas: el Qi [léase chi ]. El Qi es la energía cósmica que sustenta, penetra y mueve todo. La teología yoruba y nagô, tan presentes en Bahia (Brasil), enseña que esa energía es el Axé universal, con las mismas funciones del Qi. Los cristianos hablan del Spiritus Creator, o del Soplo cósmico, que llena y dinamiza toda la creación. Los modernos cosmólogos se refieren a la constante cosmológica que es la Energía de fondo que produjo aquel minúsculo puntito que se hinchó y después explotó —big bang— dando origen a nuestro Universo. Tras esta inconmensurable explosión, la Energía de fondo se desdobló en las cuatro fuerzas fundamentales que actúan siempre juntas y que subyacen tras todos los fenómenos —la energía gravitacional, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte—, para las cuales no existe, en realidad, ninguna teoría que las explique.

Nuestra cultura occidental, hoy globalizada, quebró esta visión integradora y dinámica. Enfatizó tanto el yang que volvió anémico el yin. Por eso, permitió que lo racional pasase por encima de lo emocional, que la ciencia se enemistase con la espiritualidad, que el poder negase el carisma, que la competencia prevaleciera sobre la cooperación, y que la explotación de la naturaleza desatendiera el cuidado y el respeto que se le deben. Este desequilibrio originó el antropocentrismo, el patriarcalismo, la pobreza espiritual, la cultura materialista y depredadora, y la actual crisis ecológica planetaria.

Solamente con la integración de la fuerza del yin, del ánima, de la logique du coeur (Pascal), del mundo de los valores, corrigiendo el exceso del yang, del ánimus, del espíritu de dominación, podremos proceder a las correcciones necesarias y a dar un nuevo rumbo a nuestro proyecto mundial.

En la tradición del canon occidental expresamos el mismo fenómeno del yin y yang refiriéndonos a dos figuras mitológicas: Apolo y Dionisio.

La dimensión Apolo está en el lugar del orden, de la razón, de la disciplina, en una palabra, de la ley del día bajo la cual se rige la sociedad organizada. La dimensión Dionisio representa la libertad frente a las leyes, la capacidad de saltarse las prohibiciones, la exaltación de la alegría de vivir y la inauguración de lo nuevo, en una palabra, la ley de la noche, que es el momento en que las censuras caen y todo se vuelve gris e indefinido.

Actualmente vivimos una coyuntura muy particular, marcada por el exceso. Perdimos la coexistencia del yin con el yang, de Apolo con Dionisio. Si no encontramos un punto de equilibrio, todo puede suceder, hasta una calamidad antropológica. Necesitamos una locura sabia que posibilite una nueva síntesis entre estos dos polos para reinventar un nuevo camino que nos asegure el futuro.


Leonardo Boff
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sábado 5 de diciembre de 2009

Servicio amoroso


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La brutalidad lejos de corregir y enseñar,
produce odio y resentimiento.

Autor anónimo
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